viernes, 7 de julio de 2006

Una cosa es pecar y otra delinquir.

La iglesia como institución no puede oponerse a cualquier ley que se promulgue en un estado democrático bajo ningún concepto. Como institución religiosa puede opinar sobre que es y que no es pecado. Puede tener entre sus fieles a quien ella considere y con las características que ella permita. Pero lo que no puede es dogmatizar sobre que es y que no es legal en un marco democrático.
La iglesia entra dentro de la libertad de conciencia de un ciudadano, que es libre para elegir esta u otra religión, puede dictar normas para sus feligreses, puede amenazarles con el infierno o aconsejarles que no salgan del armario, pero la obediencia a las leyes en un estado democrático, elegido por el propio ciudadano no es una cuestión que le incumba.
Vivir en sociedad es asumir que hay cosas que no nos gustan o que no compartimos pero que han sido elegidas por mayoría y se deben cumplir. Y la iglesia o una parte de ella, la mas mediática, no cesa de traspasar ese respeto siempre que tiene ocasión olvidando que es una opinión sesgada basada en su propia conciencia.
No nos confundan señores de la iglesia católica. El ser homosexual será un pecado para ustedes pero no es un delito ante la ley. No nos hagan creer que lo divino tiene que ver con lo humano. El pecado es algo que han dictado unos señores no elegidos democráticamente sino ungidos por Dios.
Lo legal y lo ilegal sale de unas leyes dictadas democráticamente por un gobierno democrático elegido mediante el voto de los ciudadanos sea cual sea nuestra opción religiosa. Cosa que no ocurre con el pecado, porque no todos creemos en esa deidad que nos castigara al final de los días por haber tomado una u otra elección política en la vida.

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